lunes, 2 de febrero de 2009

ESTAMOS AQUI.-



CAPÍTULO I.-


Todavía estás en mi corazón como el día que te traje al mundo. Hoy ya hace un año, hijo mío, que con la camisa blanca que llevabas puesta desapareciste de mi lado; con la camisa nueva que habías estrenado ese mismísimo domingo.
¿Es que no sabían que tú también tienes madre y que yo tengo sentimientos? Pero no; dijeron que te llevaban, y que te llevaban porque sí, y vete tú a protestar ahora, cuando hace ya un año que te mancharon la camisa blanca de domingo.
Y qué va a ser de mí sin tí, con tu padre como está y con esta criatura todavía por criar... y yo, ya ves, sin tí, hijo mío.
¡La madre que los parió!, la de veces que me he acordado de ella. Pero qué salvajes, Dios mío. Te agarraron entre dos, uno por cada brazo y a la camioneta, sin más monsergas.
¡La madre que los parió! Un día los tenía que tener frente a mí, uno a uno; les iba a arrancar los ojos. Te lo juro, hijo, se los arrancaba sin pensarlo dos veces, con mis propias manos. Atajo de cobardes, asesinos de mierda. ¡Dios, qué asco les tengo!

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- Se dice que la cosa anda más que fastidiada por la capital. Que los rojos lo mismo vuelven por aquí a darnos guerra.
- Como andes haciéndote caso de lo que se anda diciendo, estás tu apañado. No hay que hacer caso de esas habladurías de la gente.
- Ya claro, Venancio, eso se dice muy fácil pero como vengan, a ver si se lía, o no se lía.
- Que no hombre que no, descuida. Estamos seguros de que la capital es nacional y no nos la van a quitar. Vamos hombre, que ni tan siquiera lo van a intentar.
- Dios te oiga.
- Dios está con nosotros. Por eso vamos a ganar la guerra. No va a dar su apoyo ni su bendición a los que se han dedicado a quemar iglesias.
- Bueno, también hay en el ejército republicano gentes de bien, de misa diaria. Ya lo sabes.
- Mejor será que no hables bien de los rojos, ni de los que se lo merezcan. No te vayan a confundir con uno de ellos. Al enemigo ni agua.
- Pero contigo tengo confianza, ¿o no, Venancio?
- ¿Tu de qué lado estás?
- La duda ofende...
- Así me gusta, que tengas las ideas claras.
- Siempre las he tenido.
- Como yo, que me barrunto que me voy a apuntar a la Falange de José Antonio, porque me gusta lo que dicen y lo que defienden. Para mí España es lo primero.
- A mi es que la política... Venancio.
- La Falange no es política, amigo, es patriotismo y lealtad a Dios, a la Justicia y a la Patria, a España.
- Ya, claro... visto así...
- ¿Qué?
- Pues que tienes toda la razón en lo que dices.

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¿Sabe una cosa padre?, esto es una mierda. Sí, es que una va a perder hasta la fe, porque con la de cosas que me han pasado ya, como para no perderla. Si es que no es para menos. ¿A ver, por qué me van a matar a mi Marcos?. ¿Qué ha hecho el pobre, a quién ha matado él?. ¿Dónde está la justicia?. ¿Dónde está Dios para que me lo salve?
Mire padre, yo no sé si usted es de los unos o de los otros, pero creo que me va a guardar el secreto de confesión, porque de usted al menos lo que sé es que es un buen cura.
Estos días no hago nada más que alegrarme de que esos jodidos fascistas se mueran de hambre en el frente. Son unos desgraciados que van matando a diestro y siniestro, sin fijarse en nada ni en nadie. ¡La madre que los trajo...!
Perdóneme padre, sí ya sé que no debo decir todas estas cosas, ni alterarme en el confesionario, pero a ver cómo coños quiere que esté. Demasiado es que no me haya dado todavía por llorar delante de usted, y eso es porque ya me tiré yo toda la noche llorando y ya no me quedan ni lágrimas, ni ganas de llorar.
Puede usted imaginarse como estoy, ¡Dios mío, qué desgraciada soy, qué desgraciada! Si es que no tenía una que haber nacido. Ya, ya sé que eso no se puede decir, que es pecado desear la propia muerte, pero déjeme usted por lo menos que me desahogue, ¡coña!

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No, por supuesto que no; lo recuerdo perfectamente; tenía pantalón negro. No era verde. Estuvo mirando aquel escaparate y luego le dispararon tres tiros, pam, pam, pam, o tal vez cuatro.
No se cayó de repente, incluso parecía que no le hubieran dado porque siguió mirando el escaparate que, por cierto, estaba hecho añicos, dio media vuelta y, zas, nada más dar dos pasos, se desplomó y se cayó de bruces al suelo, muerto. Menuda leche se arreó con la cabeza contra el suelo el tío.
Vino la Guardia, rodearon la zona con sogas. La gente se apelotonaba curioseando y contando fantasías. Tú dirás lo que quieras, pero el pantalón era negro, tan negro como este trapo que tengo aquí.
¿No le conocías, verdad?, yo tampoco, sólo me sonaba la cara, solía verle por esta calle de vez en cuando y se paraba a mirar escaparates. Dicen que era un bicho raro, que andaba metido en líos de prostitutas y en la cosa de venta de pistolas; que si aquella muerte era un ajuste de cuentas o alguna venganza, no sé.
Al día siguiente salió en todos los periódicos, y hasta en la radio, lo que no salió fue el pantalón, no se veía nada más que la cabeza del muerto, tan normalita, como si estuviera dormido. Los asesinos le dispararon al pecho, por eso no tenía la cara manchada de sangre. Creo que se quedó con los ojos abiertos y todo. Ya ves tu, como si estuviera vivo.
Claro que la Guardia vino para interrogarme, y les conté lo que había visto, que no fue mucho, porque los disparos los oí, al asesinado le vi desplomarse, pero lo que no sé es de dónde le vinieron los tiros. Lo que sí que les dije es cómo iba vestido el muerto, y el pantalón era negro ¿sabes?, negro como el carbón. De eso sí que estoy completamente seguro.


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- ¿Qué estas haciendo tan callado a estas horas de la noche, Carlos?
- Escribo y me vuelvo loco.
- ¿Y qué escribes; si no hay casi luz...?
- Cosas mías, Marcos. No necesito luz para escribir.
- ¿Me lo lees, o me dejas que lo lea yo?
- Venga, te lo leo; tu sólo escucha y no te rías, que no estoy yo para risas:

“Rogaría a las estrellas que no bajaran a mirarme cuando estoy borracho, porque su luz me haría enloquecer de temor, cuando mis ojos, casi cerrados por el sueño, fueran esculpidos por la luz y el calor.
No hay modo de entender a la miseria, no hay modo de echarle la culpa al amor o al viento. En el lamento de la oscura profundidad de una caverna inmensa, siempre surge la luz una mañana cualquiera, y asoma su brillo hasta el confín último por el que el rayo mínimo o el haz inmenso, penetren para llegar al suelo de barro.
Pienso cómo me voy a envolver en esa espesa niebla, cómo las extrañas garras del tiempo habrán caído sobre mi cuello para agotar su espacio, cómo mis manos permanecerán inmóviles, junto al pecho, casi cruzadas, cuando entonces ya esté completamente muerto.
El tiempo es tan arduo que me desespera su existencia, me acaba; zumba en lo más profundo de mis oídos y parece que quisiera acabar reventándome los tímpanos.
Quizá hasta sea feliz en el momento en el que una ráfaga de Nada cubra mis ojos y me vea transportado por el vacío, flotando hasta el infinito de mi mismo, hasta el límite de todo lo que soy.
Sueño con mi orbitar incierto, con mil giros y vueltas a través del absurdo, viajando inconscientemente a través del tiempo no transcurrido, del tiempo que nunca jamás volverá a existir para mí ya. Incluso me parece que ya no hay tiempo, que el “pienso cómo me voy a envolver en esa espesa niebla” y el “incluso me parece que no haya tiempo” son un ahora, un presente constante, impertérrito, imperecedero, único, total.
El tiempo no pasa porque siempre es presente.
No se trata de entender lo que digo, sino de sentir ese dolor en tus propias venas. De llegar a sentir como si la sangre fluyera con lentitud, como si fuera más espesa; como si el corazón apenas latiera por culpa de un peso invisible que me oprime el tórax.
Es difícil describir cómo se siente uno cuando sabe que, más pronto o más tarde, va a hallarse sumido en esa larga tiniebla de incertidumbre y de horror. Me gustaría, por ahora, poder volar con mis recuerdos, para perderme en la infinitud de los mares de sombras que tengo”.

- Carlos, me ha gustado oírte porque es muy bonito lo que escribes, pero su contenido, lo que dice, me da pena. Deberías animarte, sería mejor para ti.
- ¿Por qué será tan difícil dormir cuando la muerte me espera?
- Por miedo; el miedo produce insomnio.
- Tú no sabes nada de mí y sin embargo, me escuchas como si fuéramos amigos de toda la vida. Me quieres comprender, me das ánimos y dices que esto no importa. Tú mismo vas a morir a mi lado y dices que no importa. Entonces, ¿qué es lo que importa?
- Creo que me has contagiado tu miedo, Carlos.
- Sigo hablando solo mientras mi compañero de celda duerme sobre un jergón de lana sucia. La noche está plagada de estrellas y la luna nueva no se ve en el cielo. Para mí todo es niebla densa y húmeda mojándome los párpados al pestañear; humedad retenida en los cabellos, que se puede atrapar con la mano. En realidad esta noche no es sino una noche más de un día cualquiera, como muchos otros. ¿Sigues despierto, Marcos?
- Sí, es que me parece como que no puedo moverme, ¿será el miedo?
- No, son las ganas de vivir.
- Qué más dará; el miedo o las ganas de vivir, da lo mismo. Si tengo miedo, si me siento pesado, incapaz de moverme, es porque tengo ganas de vivir.
- ¿Aunque sea toda la vida en esta celda asquerosa?
- Lo que importa es vivir, qué más da dónde, otros pasan hambre y calor; el caso es estar vivo.
- Probablemente eso no lo sea todo, hay otra cosa más.
- Sí, ya lo sé; la libertad.
- Dejemos de soñar..., es mejor tratar de conciliar el sueño.

viernes, 9 de enero de 2009

UN RECUERDO


Recuerdo unos ojos tristes
que no son los tuyos,
recuerdo una mejilla pálida
que se humedece poco a poco,
por una lágrima y otra
que caen hasta los labios
y circulan por la piel
mojando de melancolía la noche.

Suena el violín, pero son yedras
suena el oboe, pero son ramas de haya,
suena la clave y son mis pisadas.

Intento no llorar de nuevo
pero veo cómo surge tu rostro
y se me queda la piel de nácar
y se me escapan las lágrimas
dejando que ensucien mi sonrisa
y me atrapen la mirada.

El cincel de agua no cesa
y convierte mi barro en arcilla
o en granito despedazado por tu ausencia.

Estoy a punto de morir
y se me escapa el aliento
entre hachas de oro mal bruñido
que me encogen el corazón y la palabra.

Mis ojos se han cerrado para siempre
y flautas de hombres desconocidos
tocan en una sinfónica ventisca
el réquiem por mi alma inexistente,
por mi sombra por ti olvidada,
por mi piel ya descarnada
por mi pelo venido a tu sonrisa,
por mi postrer verso, ya sin estancias.

LA LUNA




Luna; mi luna, nuestra luna,
describes con tu redondez
la belleza de sus ojos
y la mirada perfecta
que ilumina esta precisa noche.

Luna; sueño o lamento,
proyección de mis deseos,
flujo de sentimientos
que en la profundidad del día
acercas nuestras palabras.

Luna que los dos vemos,
cada uno en nuestra distancia,
y con su deseo perdemos
cada momento que pasa.

Afrodita nocturna, diosa blanca,
belleza que la noche regala,
sonido de luminosidad,
disco perfecto de hermosura.

Luna bella, luna llena
mujer de ojos serenos
mujer de miradas perdidas
noche tranquila, luna llena.

miércoles, 7 de enero de 2009

ITALIA DESDE EL RECUERDO



Venecia, 26 de marzo de 1.984

Me he sentado en el Café Florián de la Plaza de San Marcos, observando el vuelo de las palomas y dejando transcurrir plácidas imágenes por mi memoria.
Veo volar el aroma del tabaco hasta el techo con bellos frescos de la sala de té... Se oyen unas sonrisas; conversaciones cadenciosas en cualquier lengua y yo aquí, sentado cerca de tus ojos, apreciándote en el agua, en el viento, en la sombra del sol.
El aroma y la suavidad de la bruma me ayudan a recordar cuánto te quiero, me elevan por encima del suelo al caminar, mano con mano, sobre estos señeros canales venecianos.
Cada gota de agua es distinta. Cada casa vetusta supone una situación inefable. Cada góndola es un sueño que espera no volver a repetirse por no acabar y ser eterno.
Tú me miras, yo sonrío. Me regalas una caricia y nos recordamos. Somos un diávolo que juega con el pensamiento, mientras el humo acaricia las paredes a mi espalda y la tuya es mi deseo por fin hecho regalo cierto.
Unas miradas desde fuera me recuerdan el anhelo de un largo paseo entre la palidez secular de estos palacios y la plácida mirada de tus ojos cada día más serenos.


- OOO -

miércoles, 3 de diciembre de 2008

LA MIRADA DE ASTARTÉ (A OLLADA DE ASTARTÉ)

EL BESO DE NARCISO


Tus ojos buscaban el color del Paraíso,
cuando braceabas en un mar de dudas
en busca de una playa de arenas oscuras
donde naufragasen tus besos.
Aún no conocías el sabor del abismo,
la necesidad de saberte mío,
el tacto de la piel que se arrodilla,
las manos posadas en el dintel preciso
que induce a internarse
en la conciencia nueva de las cosas.

Fue el beso dormido
el que ahogó la línea hábilmente trazada
por tus manos de Narciso.
Ya no hay más espejos donde mirarse,
tu rostro sólo precisa la silueta
en la que a mi sombra todo lo ilumina.


(De LA MIRADA DE ASTARTÉ. - A Ollada de Astarté

Por PURA SALCEDA)

domingo, 9 de noviembre de 2008

UNOS DIAS DE JULIO EN LA REVISTA ABOGADOS DE VALLADOLID

ABOGADOS DE VALLADOLID / Cultura / 44
ENTREVISTA A JESÚS FERNÁNDEZ MORILLO
por Sandra Movilla

Jesús Fernández Morillo comenzó a escribir
a la edad de 11 años, luego experimentó
con la poesía, cuando cursaba
octavo de la antigua EGB; recuerda que
eran sencillitas, y el tema principal no era
el amor, ya que estudió en un seminario y
las cuestiones amorosas estaban alejadas
de ese ambiente masculino y cerrado
donde estudiaba. ¿Qué diría el Arcipreste
de Hita?, ¿cómo no leer el Libro del Buen
Amor para mostrar a esos jóvenes el
motor de la existencia?
El letrado Fernández Morillo ha continuado
escribiendo todos estos años hasta llegar
a publicar una de sus novelas: “Unos
días de julio”.
¿Cómo comenzó en el mundo literario?,
¿qué encuentra en la escritura?
Escribía al principio para mí. Plasmaba en
los folios en blanco mis sentimientos y
sensaciones. Y después, con el paso del
tiempo, un día me planteé escribir una
novela que a mi me hubiera gustado leer.
Reflejo mi percepción de la vida en el
libro. En las novelas, generalmente, está
uno mismo; de distintas formas, pero
siempre hay parte de ti en tus obras.
¿Cuándo encuentra el tiempo para
escribir en este mundo nuestro tan
acelerado?
Escribo los fines de semana y , sobre todo,
en vacaciones. El libro “Unos días de Julio”
lo empecé a escribir en agosto de 2000,
estando de vacaciones en Asturias. Me
aburría, compré un cuadernillo y comencé
a escribir esta novela ambientada en Valladolid,
hacia 1875. Escribo a pluma, como
antaño, no rompo nada y corrijo poco.
Tardé cuatro años en acabarla.
Las lecturas determinan el estilo, la
temática, el quehacer literario.
¿Qué autores son los que más han
influido en su obra?
El autor que indudablemente ha marcado
mi trayectoria literaria es Miguel Delibes.Me
gusta su estilo aparentemente sencillo. Otros
autores con los que disfruto son Pérez Galdós,
Pío Baroja, Cela y Eduardo Mendoza.
Los clásicos también son determinantes en
mi percepción de la literatura. Evidentemente,
el influjo de Cervantes es patente.
¿Cuál es la temática y el estilo de su
obra,“Unos días de julio”?
La ambienté en el último cuarto del siglo
XIX, hacia el año 1875. Así que me documenté
sobre el Valladolid de entonces,
con figuras tan emblemáticas como Miguel
Íscar y Macías Picavea.Y hubo un libro que
me inspiró la idea de la novela;“Ofensas y
desafíos” de Eusebio Íñiguez, editado en
1890. Con la disculpa de un duelo, cuento
cómo era la vida en el Valladolid de finales
del siglo XIX. La construcción de los
personajes la desarrollo a través de la técnica
libre, se van conformando a lo largo
de la novela. Personajes como Carmela y
Eulogio, y su historia de amor, llevan al lector
por ese Valladolid.
El narrador es omnisciente, ¿cómo
presenta a esos personajes?
La novela tiene muchos diálogos, y de esta
forma se va conociendo a los personajes.
La he escrito en presente para mantener
la sensación de inmediatez. Me ha resultado
muy difícil escribirla así, y el narrador
también presenta los hechos en presente.
La obra transcurre durante siete días de
julio.
Esta obra gustará a todos los que se acerquen
a ella, el duelo, su hilo conductor,
hace que la lectura se haga amena y ágil.
Aproxímense a sus páginas y disfruten con
la lectura.
El autor Jesús Fernández Morillo, junto al Decano Enrique Sanz Fernández-Lomana y el Magistrado Juez
titular del Juzgado de Primera Instancia nº 6 de Valladolid Francisco Javier Carranza Cantera, durante el acto
de presentación de la novela en el Colegio.



EL RINCÓN DEL LIBRO. Por Carlos Gallego Brizuela

El día 16 de abril presentó Jesús Fernández
Morillo en el salón de actos del Colegio su
novela Unos días de julio después de que
el decano introdujese el acto y el magistrado
Javier Carranza la reseñara. El encuentro
—entre los asistentes, en términos proporcionales,
muchos más jueces que
abogados— resultó sencillo, sin estridencias,
pero constituyó un suceso inédito: en
ese lugar se han celebrado conferencias,
debates, discursos, etc., casi siempre sobre
temática jurídica, y excepcionalmente incluso
actos de contenido cultural, pero hasta
esa tarde nunca había acogido la presentación
de obra literaria alguna escrita por un
abogado miembro de la corporación.
El propio autor, que tiene los pies muy bien
puestos en el suelo, reconoció en la presentación
sus limitaciones, adelantándonos
que su obra es la propia de un aficionado.
Yendo eso por delante, debe también decirse
que la novela de Jesús Fernández
Morillo es un magnífico relato que hará
pasar unas horas de diversión y entretenimiento
a quienes la lean, además de permitirnos
conocer cosas interesantes sobre
nuestro pasado no tan remoto.
Jesús Fernández Morillo ha construido una
trama cuyo interés prende crecientemente
al lector a medida que progresa el relato,
dos de cuyos aspectos deben subrayarse:
por una parte, la destreza con que el autor
recrea el Valladolid del segundo tercio del
siglo XIX, callejeando por la vieja ciudad en
términos muy reconocibles y haciendo
intervenir a personajes principales de esos
tiempos (Miguel Íscar, Ricardo Macías Picavea,
Ángel Bellogín, principalmente); y,
por otra parte, su capacidad didáctica para
hacernos comprender la institución del
duelo, ese lance a través del que los señoritos
resolvían sus complejos de diversa
índole, demostrando en todo caso que no
tenían mucho cacumen. Para ello el autor
ha hecho un notorio esfuerzo de documentación
pues, según nos dijo, la circulación
por el relato de esos personajes conocidos,
se corresponde con la realidad
histórica, y también que esas reglas que
ordenan al lance se han tomado de fuentes
auténticas, al punto que forman casi un
Derecho de Duelos cuyo conocimiento
nos muestra numerosas y llamativas curiosidades
que sólo un puñado de generaciones
después nos sorprenden en cuanto
evidencian la idiocia implícita en la condición
humana.
El autor se sitúa en la posición del narrador
omnisciente, impostando un lenguaje arcaizante
que maneja con habilidad a lo largo
de todo el relato. Su principal logro es, con
todo, la constante verosimilitud de sus
situaciones y, como antes dije, el progreso
del interés, que no decae en ningún momento,
ni siquiera en las diversas excursiones
que el autor emprende para aliviar el
peso de la historia principal. O sea, que tienen
ustedes garantizadas unas horas de
auténtica diversión en las que además se
instruirán sobre esos tiempos no tan lejanos,
lo que no es fácil de lograr. En otro
orden de cosas, la edición del libro está
muy cuidada si no reparamos en el ofensivo
tratamiento gráfico de su cubierta, a fin
de cuentas cuestión puramente formal.
Con todo, por encima de consideraciones
literarias, reconozco a mi compañero y
amigo Jesús Fernández Morillo la muy
meritoria capacidad de desembragar de la
rutina que ata a casi todos sus contemporáneos
a la televisión en los escasos
momentos que nos dejan los pleitos y
haberse complicado la vida en una dedicación
como esta para, además, rematarla tan
bien. Parece propio de la naturaleza de las
cosas que los abogados fueran frecuentemente
así, pero no son estos los tiempos,
¡ay!, en que las cosas sean como debieran y
por eso la iniciativa de Fernández Morillo
debe saludarse con alborozo.

UNOS DÍAS DE JULIO
Por Jesús Fernández Morillo
Ediciones Fuente de la Fama, 2008

jueves, 10 de julio de 2008

VERSOS EN CONCIERTO

Conviene leer el poema escuchado la música que lo inspiró, cuyo primer movimiento está en el vídeo adjunto .

SINFONÍA PROMETIDA (Extracto)

(Poema basado en el Concierto para
piano nº 2 de Sergei RAJMANINOF)

PRIMERA PARTE - Moderato.-

Derramo notas de piano por la mesa
y el sonido de la orquesta me envuelve,
me deja sin sentido
y me recuerda a ti, sí,
mecida por la lluvia.

Una y otra vez no dejo de llorar,
de recordar tus senos leves,
tu piel extensa,
tus caderas de brillos inefables,
tus ojos cerrados en mi cuerpo...

Luego llega y viene el silencio,
que desaparece en una nube de nostalgia sonoras
hecha melodía que me recorre los poros,
que hace que la piel se me haga alma,
o que el cuerpo se me meta tan dentro

que hasta desaparezca en el aire el sonido,
culminando en un regalo a los ojos
hecho de suaves tules y nardos de cera.

Las velas arden su luz en mis oídos,
los ojos se cierran tras de tu voz silente,
o tras tu caricia perdida
tras tus ojos distantes y fríos.

Cómo me duele ahora
la noche aquélla en la que nos amamos
sin prisas, sin recuerdos,
sin palabras inventadas,
sin lunas llenas,
hasta que las nubes fueron de oro.

Por fin ahora recuerdo que existe un arpegio,
que el pentagrama está ahí,
que la tinta huele mal,
que el papel se ha roto con la lluvia,
por las gotas de agua provocadas,
inútilmente perdidas para siempre entre mis dedos
que ahora manejas con tu olvido.

Las teclas del piano se hacen letras en mi memoria,
convierten la música derramada en sinfonía
hecha de poesía y de dolor.

Hoy que todo se ha roto y se ha perdido
por fin te escribo esta sinfónica desdicha,
esta promesa poéticamente musical
de ser mi musa entretenida
de ser mi ninfa de otros vientos,
o quizá luna sin luz,
o nube sin agua,
o rosal sin hojas,
pero dueña siempre de mi espera desesperada.

Surgirán días en los que el sol me haga daño
y las lágrimas de azufre recorran estas hojas
que la memoria nunca borrará.
Y deprisa, muy deprisa
caminaré por ríos y tormentas
entre la música entretejido
de soles extraños e imposibles inventado,
hasta que el piano me anule,
me descomponga inútilmente,
me desintegre en su música,
entre el arpa de cristal de hierro,
entre las doscientas cuerdas de acero,
sobre docenas de teclas de nácar blanco y negro.

Y llegará el día en el que este piano triste
descuartice mi dolor entre sus notas,
con arpegios de fusas y corcheas
entre piú fortes, o molto adagios
sobre la tapa levantada del piano,
vagando por las sombras que se pierden,
como música perdida para siempre.

¿Qué les importo yo a tus letrinas
de hojas de roble y de hojarasca,
en qué me convierte el amor desparramado,
desparramado por ríos de aguas turbulentas?...

Mujer de los mil ojos,
de los gestos extrañamente recordados
¿de qué me sirve ser poeta y músico a la vez
si no sé colocar las notas que compongo
en el pentagrama solitario de mi memoria?...

Los metales resuenan bíblicamente,
entre notas de acero bien templado,
y ruge la marabunta de la orquesta,
buscando los dedos que la miran,
buscando las noches del espanto,
del odio contenido de dolor,
del alma sin sentido,
del corazón roto en mil pedazos

Del alma sí, de mi alma
de mi alma que es mía sin ser alma,
de mi alma que está muerta
como sin dios y sin futuro.

Hoy soy mugre retenida en el suelo abandonado,
hoy estoy componiendo para mi locura
un poema sinfónico y obsesivo
que hará loca mi cordura
o de tu cordura mi templanza.

Vencido nuevamente por las sombras
soy sólo distancia y regocijo
de quien me odia y me maldice
entre cuyas garras caigo de nuevo,
atrapado por tu olor a diosa extraña
que se me ha escapado de las manos.

Y tomaré estos versos que pretendo
como noches de amarga agonía veraniega
y los haré tuyos sin ser míos
y los leerás como agua que derrite
mi esencia en tu fluido ya perdido,
o los arrojarás al averno
como pócima desechada,
como alquimia sin sentido,
como parte de tu odio a mis mentiras,
a mis falacias inexistentes
a mi templanza vuelta en hormiga.

No trates de mirar como siempre a estas palabras
no las leas sin esfuerzo, son sólo fantasías,
son juramentos de dioses sabios
que me ofrecen para ti hoy esta ofrenda,
que me regalan este regalo generoso
que pongo entre verso y verso
hecho de estrofas amorfas
nacidas despacio y en silencio
surgiendo del estro más profundo
por la música prohibida dictado letra a letra.


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